PSIQUE Y CUPIDO
PSIQUE Y CUPIDO(con tu permiso, romano)
Tres eran las hijas de un rey. Las dos mayores recibían grandes elogios por su belleza. Sin embargo, la tercera, de nombre Psique (“Alma”), era tan bella que nadie encontraba palabras para alabar su belleza. Belleza inefable. Tanta belleza despertaba la envidia de la misma Venus, diosa de la hermosura (venustas- venustatis: belleza). Como los humanos sufrimos por la envidia de los dioses, he aquí que Psique, precisamente por ser tan bella, no encontraba pretendiente que osara pedir su mano. Sus padres, temiendo que la muchacha quedase sola, consultaron el oráculo, el cual les aconsejó que ataviasen a su hija como para una boda y la abandonasen en una roca solitaria, donde un monstruo horrible iría a posesionarse de ella. Así lo hicieron, y Psique quedó sola en la cima del monte indicado. Pronto se sintió arrastrada por el viento y levantada por los aires, hasta quedar depositada en un valle profundo, sobre un lecho de verde césped.
El sueño se apoderó de Psique y se durmió profundamente. Al despertar, descubrió que se hallaba en el jardín de un esplendoroso palacio, todo él de oro y mármol. Se deslizó por todas sus habitaciones y sus ojos a nadie veían, aunque sus oídos percibían la voz de muchas sirvientas. Voces sin cuerpo le prepararon un baño aromático y una cena delicada. Llegada la noche, ya en sus aposentos, sintió a su lado una presencia: era el marido prometido, aunque no le parecía tan monstruoso como el oráculo proclamara. Se unieron los cuerpos y se selló el matrimonio. Psique se convirtió en la esposa de un marido que sólo de noche la acompañaba y al que no podía ver, si no quería perderlo para siempre. Con todo, Psique era feliz, y así pasaron muchos, muchos días solitarios, y muchas y mejores noches acompañadas.
Pero con el tiempo Psique sintió añoranza de sus padres y hermanas, y, tras muchas súplicas, consiguió de su marido el permiso para visitar a su familia. El viento la llevó a la cima del monte y desde allí llegó fácilmente a la casa paterna. Fue recibida con alegría por padres y hermanas, que la creían, con razón, muerta. Contó cuán feliz era en su palacio y con su nocturno esposo, con sus invisibles sirvientas y el lujo infinito que la rodeaba. Tan feliz se mostró que despertó la envidia de sus hermanas. Y éstas sembraron en el corazón de Psique la duda: ¿existiría realmente ese marido que la amaba cada noche? ¿por qué Psique era apartada del gozo de ver con sus ojos el cuerpo bello que intuían sus manos? ¿no sería todo un engaño, un sueño falaz?.
Psique vuelve a su palacio de oro y marfil con el ánimo resuelto a descubrir la verdad. Para la inminente noche prepara una lámpara de aceite y un afilado cuchillo. La lámpara para ver, para descubrir el engaño que sospecha. El cuchillo para matar el monstruo horrible que, sin duda, cree que aparecerá ante sus ojos.
Llega la noche y, con ella, el marido invisible. El abrazo se consuma otra vez y el sueño vence al amante. Psique prepara el cuchillo y enciende la lámpara, y la luz temblorosa le muestra el cuerpo más hermoso nunca visto. Se diría el mismo dios Amor, y el mismo dios Cupido era, el mismo hijo de Venus era. La sorpresa hace vacilar la mano de Psique y una gota de aceite caliente cae sobre la blanca carne de Cupido. Es la gota que condena a Psique, la gota que despierta a severo esposo: ha incumplido su promesa de no querer saber ni averiguar. Cupido huye del lecho y del palacio, del abrazo de Psique y de su amor. Huye para no volver ya nunca jamás, dice.
Psique inicia la búsqueda de Cupido, pero la pena se abate sobre ella. La pena la supera. Abandonada por Cupido, ahora recibe, además, el castigo de Venus, ofendida al saber que su propio hijo compartía el lecho con la joven odiosa por su belleza. El furor de Venus se despliega con violencia: no permite a divinidad alguna que proteja a Psique. Ni Juno, ni Ceres osan ayudarla, por temor a la ira de Venus.
Y en este punto de los hechos, Psique entiende que de nada vale insistir en la búsqueda de Cupido. Nada puede un simple mortal ante el odio de los dioses. Psique se vuelve pasiva y se entrega a Venus, para convertirse en capricho de las crueldades de la diosa. Venus la somete a todo tipo de tormentos: a trabajos absurdos y a labores imposibles. Como remate de tales ultrajes, ordena a Psique que descienda a los Infiernos, a pedir a la diosa Perséfone el ungüento de su hermosura. “Si lo consigues, ordena Venus, vuelve con el tarro entero. No tomes de él ni un gramo”. (Suelen los dioses marcar tales límites a los mortales: como el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, en el Génesis bíblico. Suelen los hombres, a su vez, caer en tentaciones tan arteramente maquinadas). Consigue Psique el tarro de la hermosura divina y no resiste la tentación. Abre el tarro y allí no había ungüento alguno, sino un profundo sueño (semejante a la muerte) que se apoderó de ella al instante. Duerme como si estuviera muerta. ¿O está muerta y parece que duerme?. La duda hamletinana.
Vemos que Psique ha recorrido un auténtico Via Crucis que también conduce a una aparente muerte. Y tal como Jesús al tercer día, también Psique despertará de su sueño infernal, por intervención divina: de su amado marido Cupido. No media un beso (como en los cuentos de hadas) sino un flechazo. La saeta de Cupido la despierta. Y vuelve a ella el amor de Cupido, su marido, y llega el perdón de la suegra, Venus. Todo gracias a la exhibición de entrega sumisa y paciencia infinita de Psique, pasiva perseguidora del amor de Cupido, Psique, merecedora de la resurrección y la vida eterna, en el palacio de oro y marfil, entre los cándidos brazos del hijo de Venus.
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