Vicenza, Teatro Olímpico.
...siguiendo con las historias de dioses, con las maravillas italianas, con lo que ya son recuerdos, aunque a flor de piel, otro paso del viaje : Vicenza (Italia)
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Teatro olímpico. Vicenza.
Edipo Rey ( Sófocles)
Layo es el rey de Tebas, en Beocia. Es de la saga de Cadmo, fundador de la ciudad de Tebas. Su mujer, Yocasta, está emparentada con otro gran héroe griego, Heracles. De ambos nace un niño que, por origen (de la sangre de Cadmo y de Heracles, un pedigrí insuperable) parece llamado a grandes cosas. Los padres visitan el oráculo, según manda el rito, para preguntar sobre este deseado y bien recibido hijo. Las palabras de la Pitia causan espanto en los progenitores: “Este niño matará a su padre y se casará con su madre”. Parricidio e incesto, de primer grado, en una misma oración. La astucia del hombre, de Layo, se pone en marcha. El objetivo: eludir el destino, fintar a la fatalidad. ¡Iluso, si el hado es inevitable! Pero el hombre es tal porque lucha contra imposibles, con todas sus fuerzas. Para impedir que se cumpla el oráculo, Layo expone a su hijo recién nacido. Lo expone: lo abandona en una zona desértica. Le perfora los tobillos para atar sus pies con una correa (de ahí su nombre: Edipo, “pie hinchado”) y lo entrega a un criado para que lo abandone lejos de Tebas. Pero un niño recién nacido es dulce. El sirviente no consuma la orden, no se atreve, sino que lo entrega a una caravana de pastores que, casualmente, (¡Ah, la casualidad, qué grande es tu papel en las tragedias!), pasaban por allí. Edipo pasa a ser hijo de Pólibo, rey de Corinto, y vive ajeno a la verdad. No sabe que es hijo adoptivo. Entre los hombres, el no-saber es una profunda limitación. Poned vosotros el para qué.
Crece como hijo de Pólibo y llega a la edad viril. Momento de consultar el oráculo. Marcha a Delfos y la Pitia parte su corazón: “Matarás a tu padre y te casarás con tu madre”. Creyendo firmemente que era hijo de Pólibo, resuelve alejarse de Corinto, alejarse de sus padres, alejarse de su destino. ¡Iluso, al huir te acercas más y más al crimen que tanta abominación te provoca! Toma la ruta de Tebas, creyendo que por ahí se distancia de sus padres. En el camino hacia Tebas llega a un paso estrecho, entre peñas. Allí se tropieza con un elegante carro flanqueado por algunos sirvientes. El señor del carro ordena a Edipo que le ceda el paso. Edipo no obedece, y un sirviente del señor del carro mata a uno de los caballos de Edipo. Éste monta en cólera y mata al grupo de sirvientes (a todos menos a uno, que logra huir) y al señor mismo. Él no lo sabe, pero acaba de matar a su verdadero padre, a Layo, rey de Tebas. El oráculo empieza a cumplirse, con la decisión y firmeza con la que se cumplen las leyes inmutables de la necesidad.
Llega Edipo, ignorante del alcance de su crimen, a Tebas. La ciudad vive bajo el terror de la Esfinge, un monstruo mitad león y mitad mujer. Los habitantes de Tebas parecen incapaces de resolver el enigma que plantea la Esfinge: “¿Cuál es el ser que anda ora con dos, ora con tres, ora con cuatro patas y que, contrariamente a la ley general, es más débil cuantas más patas tiene?”. Edipo contesta con acierto: “El hombre”. El monstruo, vencido, se precipita desde lo alto de la roca en la que se posaba. Y Edipo es aclamado por los tebanos como salvador de la ciudad. En recompensa le ofrecen el trono – vacío desde la muerte de Layo- y a la esposa del antiguo rey, Yocasta. Edipo acepta. Lo que parecen buenas maneras, son, de hecho, gestos que consuman la atrocidad: Edipo, al casarse con su propia madre, cumple el vaticinio.
La culpa se ha consumado. Llega el momento de exigir el pago: el castigo. La culpa – la falta, mejor, pues nace del no-saber, de la limitación natural del hombre ante lo difícil: como nos indica Aristóteles en su Poética la falta (amartia) es un error por insuficiencia de conocimiento- es individual, pero el castigo es colectivo. Recae sobre la totalidad de la comunidad. Por la muerte de Layo (una muerte pendiente de venganza) la peste está asolando la ciudad de Tebas. De nuevo, el oráculo informa: "La peste no cesará en tanto no se haya vengado la muerte de Layo”. Edipo maldice al asesino de Layo, y pide de Tiresias, el adivino (quien, por su condición, conoce la totalidad de los hechos), que descubra al culpable. Tiresias se resiste a contestar, dado que debe inculpar al mismo Edipo. El silencio de Tiresias mueve las sospechas de Edipo: ¿Quizás Tiresias y Creonte, hermano de Yocasta, son responsables de la muerte de Layo? Yocasta pretende salvar las diferencias entre Edipo y Creonte. Para ello expresa sus dudas sobre la habilidad de Tiresias como adivino. Recuerda que, cuando nació un hijo suyo, el adivino les refirió el oráculo reservado para él, que mataría a su padre y se casaría con su madre.A Edipo estas palabras le son familiares. Yocasta sigue su argumento: contra el oráculo, aquel niño fue expuesto y murió, y Layo fue asesinado por un desconocido en el paso estrecho entre rocas que conduce a Tebas. Edipo tiembla: pregunta detalles a Yocasta sobre el lugar donde murió Layo y cómo era el carruaje que lo llevaba. Alberga una sospecha: ¿No será él el culpable?. El miedo no frena su deseo de verdad (este es Edipo, el adalid de la verdad). Hace venir a su presencia al único de los sirvientes de Layo que sobrevivió al ataque del desconocido. Éste es el mismo pastor que entregó a Edipo a Pólibo. De pronto, llega un mensajero de Corinto: Pólibo ha fallecido de muerte natural. Se entristece Edipo, pero también se alivia su corazón: ya no podrá cumplirse una parte del oráculo. Queda la segunda: ¿se casará con su madre? El mensajero de Corinto calma la preocupación de Edipo: no temas, eres un hijo expósito y Pólibo y su mujer tan sólo fueron tus padres adoptivos.
El mensajero cree dar buenas noticias, pero la revelación es la puntilla para Edipo. Se cierran las redes sobre él. La verdad se ha abierto camino. Él es hijo de Layo y Yocasta; él es el asesino de su padre; él es el amante de su propia madre. El mensajero de Corinto ha descorrido el velo de la verdad, para Edipo, y para Yocasta. A ésta, el relato la llena de la vergüenza del incesto. Se precipita al interior del palacio y se suicida. Para Edipo el dolor y la suciedad de su crimen no es menor: evita la dulzura de la muerte; prefiere el sufrimiento, la pasión. Se perfora los ojos con el prendedor de Yocasta. Los mismos ojos que le impulsaron hacia la verdad. Quiere evitar la luz y vivir entre tinieblas. La luz de la simplicidad que tanto amamos. Por ella abandona Edipo ciego su patria, Tebas. Y el dolor continuará entre sus descendientes.
Pero esa es otra historia.
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La obra que inauguró el Teatro Olímpico: Edipo Rey. Sófocles.

Julio_08
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Julio_08
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%%%%%%%%%%%%%%%% Mua!




MiLady dijo
Esta historia sí que la quiero refrescar y disfrutar con calma. Me lo imprimo y vuelvo en otro rato.
Otro besazo.
13 Septiembre 2008 | 09:40 PM